La rosa del azafran (Teatro de la Zarzuela) (c.) Elena del Real


La rosa del azafrán
Zarzuela en dos actos y seis cuadros

Libreto: Federico Romero
y Guillermo Fernández-Shaw
Música: Jacinto Guerrero

Teatro de la Zarzuela
(Madrid, 25/31 de enero de 2024)

una crítica de
Antonio Díaz-Casanova


¡Por fin una zarzuela en La Zarzuela!

…¡Y qué zarzuela!... Tras unos últimos tiempos en que la desnortada dirección anterior del teatro iba camino de renombrar al recinto de la calle de Jovellanos como Teatro de la Ópera, volvemos de nuevo al género que da razón y sentido al coliseo fundado por la ilustre estirpe de Barbieri y Gaztambide. Nada mejor para reencontrarse con las esencias y lo genuino que un título popular, predilecto, cincelado con mano maestra y con una partitura de arrebatada inspiración como La rosa del azafrán. Los autores de la obra, Federico Romero, Guillermo Fernández-Shaw y Jacinto Guerrero, expertos y triunfadores en mil batallas zarzuelísticas, abordan en medio de la abrasadora llanura manchega un tema muy serio: la incapacidad de superar los propios miedos, de reprimir los sentimientos ante el temor a la realidad, al mundo, al sistema establecido, a las convenciones sociales.

Ese sometimiento emocional es capaz de llevarse por delante muchas vidas no vividas, conduciéndolas a la vacuidad más absoluta. Un tema universal, que se ha tratado desde múltiples ángulos artísticos, como por ejemplo el cinematográfico en sendas obras de arte como Brokeback Mountain o El secreto de sus ojos. En esta última, el personaje interpretado por Ricardo Darín lo verbaliza en un momento dado con desoladora contundencia: ‘¿Cómo se hace para vivir una vida vacía, una vida llena de nada?’. Afortunadamente la zarzuela es un género que tiende a dulcificar entorno y contenido en aras del reconfortante final feliz, pero no por ello elude las cargas de profundidad del mundo en el que (mal)vivimos. En este lugar de La Mancha donde se sitúa la acción de La rosa del azafrán, sus dos protagonistas, Sagrario y Juan Pedro, bordean el abismo vital, pero el pertinente ‘Deus ex machina’ de la sabiduría popular consigue arreglar el entuerto antes de que sea demasiado tarde. La música de Guerrero echa el resto para que el disfrute sea concluyente y definitivo.

Juan Jesus Rodriguez & Carolina Moncada en La rosa del azafran, 2024 (c. Elena del Real)Durante la rueda de prensa con que se presentó esta producción, proclamaban a los cuatro vientos Ignacio García y José María Moreno, director escénico y musical, respectivamente, que habían entendido su labor como una declaración de amor hacia la obra y hacia La Mancha. Con muchos aciertos y algún error, es evidente el cariño y el compromiso que ambos han puesto para que la obra nos llegue en sus mejores condiciones. En el caso del apartado musical, Moreno ha conseguido rescatar la mejor sonoridad de la orquesta de la Comunidad de Madrid, que ha exhibido nitidez, ductilidad y frescura, aún con eventuales debilidades. La concepción general del maestro supo combinar la exuberancia rústica de ciertos números (canción del sembrador, jotas y tonadas populares), con la límpida elegancia de los números cómicos (de magnífica construcción el de la caza del viudo) o el abandono poético de momentos puntuales como el nocturno, la ronda, y sobre todo el canto de las espigadoras, fragmento al que supo insuflar de sugerente melancolía y, mano a mano con la dirección escénica, de una sutil reivindicación obrera.

Quizás a esa querencia por la placidez sonora y por resaltar detalles, le faltó algo más de pulso teatral en una obra que exige bastante destreza en la dirección, puesto que la acción musical no avanza por sí misma sino de manera subliminal, a través de dobleces sentimentales, de indirectas, de metáforas y de incomprensiones que reflejan la falta de comunicación entre los protagonistas. Mención especial para el coro, que realizó en su conjunto una estupenda labor, terso de sonido, compacto y presto a las indicaciones exigidas por la batuta.

La propuesta escénica de Ignacio García tiene una base realista pero desde una óptica estética de gran plasticidad. Los decorados corpóreos de Nicolás Boni, que nos van trasladando con extraordinaria fluidez desde los patios exteriores a los interiores, pasando por las plazuelas o los inmensos campos manchegos, aportan veracidad y reciedumbre, a lo que hay que añadir el trabajo de iluminación, a cargo de Albert Faura, en la recreación de atmósferas, estados de ánimo y circunstancias climáticas y escénicas, todo lo cual conforman el éxito de la entusiasta aproximación de García a título tan emblemático. La guinda la pone además el fabuloso vestuario de Rosa García Andújar, quien al parecer ha acudido a las fuentes originales manchegas para su elaboración.

Menos convincente fueron sus decisiones en lo relacionado con el tratamiento del contenido textual, condensando la función en 100 minutos, sin descanso y sin separación entre actos, además de reducir el libreto a lo básico, con particular perturbación en lo referido a la trama cómica y al personaje de Don Generoso. El apartado jocoso de la obra, que no es en absoluto desdeñable y que con un enfoque matizado puede tener su eficacia, acaba por perderse en el limbo, obviando la resolución de la trama ya que nos quedamos sin saber, salvo que se conozca la obra de antemano, cómo se cuadra finalmente el triángulo compuesto por Catalina, Carracuca y Moniquito, personaje éste en concreto que desaparece en el último tramo de la función sin dejar rastro. La figura de Don Generoso, por su parte, queda demasiado esquemática, monocorde, perdiendo los contrastes del original, por más que se le adorne con múltiples frases del Quijote cervantino para incidir en su estado de enajenación y para, supuestamente, otorgarle mayor ‘color local’.

La rosa del azafran (Teatro de la Zarzuela) (c.) Elena del Real

Resulta curioso que buscando esa máxima concentración dramática, los momentos de mayor incandescencia teatral le quedan al director escénico bajos de tono, como ocurre con la conclusión del cuadro inicial, que cumple como estampa visual pero no prende, o en el final del primer acto, que contiene una idea principal de impacto pero que va perdiendo fuerza por exceso de estatismo. Hay un último elemento añadido de propia cosecha por parte de Ignacio García y es el papel de una cantadora de coplas, interpretado con voz amplificada por Elena Aranoa, la cual va rememorando algunas de las melodías de la obra a lo largo y ancho de la representación. A dicho personaje se le unen en momentos puntuales otras figurantes femeninas que introducen algunas escenas con breves actuaciones de percusión rítmica. En conjunto aportan vigor y sirven para evocar la fuerza telúrica del ambiente, aunque los tarareos por debajo de los diálogos pueden desconcentrar ocasionalmente al espectador.

Yolanda Auyanet en La rosa del azafran, 2024 (c. Elena del Real)Los dos personajes protagonistas, Sagrario y Juan Pedro, soprano y barítono, son dos papeles de exigencias vocales mayúsculas, sobre todo por las tesituras inclementes en ambos casos y por la necesidad de combinar voces robustas, bien armadas de recursos técnicos y además con capacidad para los meandros expresivos a través de los cuales los dos amantes manifiestan sus emociones. Yolanda Auyanet ha ido ampliando su repertorio tras unos comienzos como soprano lírico-ligera. Ahora su voz tiene mayor anchura y le permite afrontar papeles de más amplio calado como esta Sagrario. Lo que no ha perdido la soprano canaria es su buen gusto y su pericia técnica, como demostró en su romanza del segundo acto, que suele ser un tormento para casi todas las cantantes, y que ella solventó con habilidad y con gallardía, aparte de implicación dramática. En algún momento puntual en el transcurso de la noche se pudo apreciar cierta incomodidad y destemplanzas en la zona aguda pero el conjunto de su labor fue bastante estimable.

En el segundo reparto se contó con la presencia de Carmen Romeu, soprano valenciana que tuvo unos comienzos deslumbrantes hará unos doce o quince años pero cuya carrera no ha tenido la continuidad que se esperaba. A día de hoy la voz ya presenta demasiados desperfectos y la línea de canto resulta casi imposible por el exceso de estridencias, oscilaciones y abolladuras vocales. Tampoco ayuda la emisión en exceso inflada que lo único que hace es incrementar los problemas en la zona aguda, completamente acre y sofocada. De agradecer en todo caso su entrega y el hecho de no amilanarse ante las dificultades.

En el papel de Juan Pedro encontramos dos enfoques muy distintos. Por una parte Juan Jesús Rodríguez, voz imponente, rocosa, de pegada descomunal, apabulló con su tonelaje sonoro al respetable (que se mostró entusiasmado como pudo comprobarse en la ovación al final de la canción del sembrador). Debido a su naturaleza vocal, sus maneras canoras siempre han tendido más a la bravura que a la delicadeza; la emisión también propende más a lo atlético que a lo ortodoxo y eso conlleva que cada vez sea más evidente un vibrato que de momento no trastoca demasiado su desempeño pero que sería recomendable que empezara a controlar. En la función del estreno, el barítono onubense que parecía encontrarse en plena forma, con la voz refulgente, pródigo en alardes de fiato, superando con mucho brío los numerosos obstáculos de su tesitura (que siempre merodea la zona de paso de la voz baritonal), acabó por alcanzar un triunfo personal apoteósico. Si bien se echaron en falta matices y sutilezas, hay que destacar que consiguió algunos momentos de particular conmoción, como por ejemplo en el moderato de la jota (‘Quisiera ser tu pañuelo’) y sobre todo en el dúo final, con frases muy sentidas en ‘Tengo una angustia de muerte’.

La rosa del azafran (Teatro de la Zarzuela) (c.) Elena del Real

Con él se alternó Rodrigo Esteves, barítono brasileño pero que lleva ya muchos años afincado en España. Su voz, de timbre cordial pero un punto arenoso, es mucho más austera y lírica que la de su compañero, y tuvo por ello la inteligencia de abordar su personaje desde una perspectiva más intimista, a través de un fraseo cuidadoso, pulido y de muy buen gusto. En su debe, los aprietos para superar los escollos de una tesitura muy ardua que comprometen en muchos momentos sus buenas intenciones y que debilitan aún más sus modestos medios.

Carolina Moncada en La rosa del azafran, 2024 (c. Elena del Real)Muy de lamentar que, como ya se ha comentado, el director de escena decidiera reducir a la mínima expresión la trama cómica de la obra, porque se contaba con intérpretes de valía para haber resaltado sus cometidos. Carolina Moncada (Catalina), tras una carrera ya amplia, hacía su debut en el Teatro de la Zarzuela con estas funciones. La soprano es una cantante experimentada, tiene vis cómica, tablas y sapiencia zarzuelera, aunque su emisión un tanto cerrada y opaca lastran la dicción y la luminosidad del timbre. Dentro de la labor escénica fue muy destacable su elocuencia como elemento reflectante de la acción, como en el final del primer acto o en el arrobo con que observa a Juan Pedro durante la canción del sembrador. Ángel Ruiz (Moniquito) demostró una vez más sus buenos modales actorales y canoros, sacando adelante con mucha desenvoltura un personaje como el suyo, bufonesco y pedestre, que a priori parecía no amoldarse del todo a su personalidad, de talla más elegante e intelectual.

El papel más damnificado por los cortes en el texto es el de Carracuca que apenas tiene ocasión de presentarse ni de desarrollarse. Una lástima porque Juan Carlos Talavera aportó un acercamiento muy atractivo, de pulcra definición, evitando la astracanada garrula. Por último señalar en el papel del pastor a Javier Alonso, miembro del coro del teatro, quien salió relativamente airoso de sus pocas (pero complicadas) frases, permitiéndose incluso un meritorio regulador.

Mario Gas y Juan Jesus Rodriguez en La rosa del azafran, 2024 (c. Elena del Real)En los personajes más serios se contó con dos figuras señeras del teatro español como Vicky Peña y Mario Gas, éste con sangre zarzuelera en las venas. Peña dibujó una Custodia de amplitud cromática en el manejo de la voz, cargada de claroscuros y de recovecos expresivos, siendo  maestra también en la inflexión certera y punzante de la frase. Gas, en cambio, estuvo más apagado, sin acabar de sentirse cómodo en un personaje que pierde mucha de su prestancia y que acaba por quedar en tierra de nadie por los cortes y los cambios realizados al texto. El ejemplo más claro de todo ello fue su monólogo de exaltación de la tierra castellana (éste sí original del libreto y no mutilado) donde, a pesar de delinearlo con exquisita finura, le faltó a Gas algo más de punta para rematarlo. Muy eficientes en sus papeles secundarios tanto Pep Molina (Miguel) como Emilio Gavira (Micael).

Aunque proyectadas por el anterior equipo directivo del Teatro de la Zarzuela, estas funciones han supuesto el título de presentación de la nueva intendencia capitaneada por Isamay Benavente, a la cual queremos aprovechar desde aquí para desearle toda clase de parabienes y de éxitos en la flamante etapa que comienza. Y sobre todo que a la hora de programar no se olvide del nombre del teatro.

© Antonio Díaz-Casanova y zarzuela.net, 2024


La rosa del azafrán (Música: Jacinto Guerrerol; libreto: Federico Romero y Guillermo Fernández-Shaw)

Reparto:
Sagrario – Yolanda Auyanet/ Carmen Romeu; Juan Pedro – Juan Jesús Rodríguez/ Rodrigo Esteves; Catalina – Carolina Moncada;  Moniquito – Ángel Ruiz; Carracuca – Juan Carlos Talavera; Custodia – Vicky Peña; Don Generoso – Mario Gas;  Miguel – Pep Molina; Micael – Emilio Gavira; Julián/ Un mendigo – Chema León; Cantante de música popular – Elena Aranoa; Un pastor – Javier Alonso; Orquesta de la Comunidad de Madrid; Coro del Teatro de la Zarzuela (Antonio Fauró, dir); Ignacio Garcia (dir. esc.); Nicolás Boni (escenografía); Rosa García Andújar (vestuario); Albert Faura (iluminación); Sara Cano (coreografía); José María Moreno (dir. mus.)

Nueva producción del Teatro de la Zarzuela, 2024. Edición crítica de Miguel Roa/ Tritó Edicions (Barcelona, 2008)

La rosa del azafran (Teatro de la Zarzuela)

La rosa del azafrán (English)
Jacinto Guerrero (English)

portada de zarzuela.net

2/II/2024