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Enseñanza libre y La gatita blanca Una G inmensa Gerónimo Giménez tenía predilección por la grafía g a la hora de escribir su nombre. Nosotros, desde la ingrata posteridad, deberíamos destacar su contribución al teatro lírico con una G inmensa, porque inmensa es la sombra que aún proyecta su talento. De ahí que la oportunidad de escuchar dos de sus obras en programa doble resultara, cuando menos, prometedora. Enseñanza libre (1901) y La gatita blanca (1905) –esta última escrita a cuatro manos con Amadeo Vives– poseen, como no podía ser de otra manera, toda la gracia, la frescura y la elegancia que tan reconocibles son en Giménez, amén de una asombrosa capacidad de síntesis: ¿puede decirse más en menos compases que las Seguidillas de Enseñanza libre o la Machicha de La gatita blanca, auténticas joyas de la miniatura? Desde la primera nota queda patente la facilidad del compositor para salpicar de músicas inolvidables libretos que, en muchas ocasiones, no pasaban de endebles. Estoy pensando en los apenas audibles Cuplés de Cinematógrafo nacional (1907)… ¡qué delicia! Y ¿qué decir del precioso Vals de las nadadoras?, posiblemente el número mejor logrado estéticamente –con esa estupenda coreografía de Nuria Castejón–, junto con el tan efectivo como efectista Terceto del chocolate. Nada que reprocharle, sino todo lo contrario, a la música. El problema es que el trayecto entre número y número tenía parada, indefectiblemente, en el libreto abominable de Enrique Viana.
La mamarrachada pop de Bianco y Viana –porque lo de “despropósito” me parece demasiado benévolo– no necesitaba darle la vuelta al teatro para contar lo que tenía que contar: exactamente nada. Lo mismo daba haberlo hecho desde el escenario, porque es un ejercicio de forma sin el menor fondo, una enorme burbuja de champán, brillante y vana, pero sin chispa. Un remedo de zarzuela para gente a la que no le gusta la zarzuela. Porque bajar la lámpara durante la Gavota, hay que reconocerlo, queda muy bonito, pero los trajes de lámpara… no tanto. Para ver gente disfrazada de muebles ya está La bella y la bestia. Que la excusa escogida para hacernos tragar estas dos horas de hastío y vergüenza ajena sea la mala calidad de los libretos originales tendría su gracia si no fuera porque lo piensan en serio.
A la zarzuela le viene ocurriendo desde hace algunos años lo que a las islas del Caribe hace algunos siglos: se ha convertido en fondeadero de piratas y escenario de sus tropelías. Qué buen pretexto para meter la motosierra el de los “chistes incomprensibles” (Viana dixit) o el de los libretos que “se podrían tachar de machistas, sexistas…”. ¡Ah, el sexismo! Ese moderno caballo de Atila: por donde pasa no vuelve a crecer la hierba. Si por ahí van los tiros, ¡qué filón! A Viana no le va a faltar trabajo como libretista, desde Luisa Fernanda hasta La traviata. La moraleja triste de todo esto es que para lanzar una defensa tan torpe como mendaz de la zarzuela, según la tesis tonta de Bianco y Viana –tanto monta–, o Viana y Bianco –monta tanto–, hay que admitir que sus detractores tienen razón, que es rancia, que es aburrida, que es vieja, que es machista, y lo que es peor aún: que es necesario mudar los chistes incomprensibles en chistes directamente malos, cambiar los libretos por elipsis y trocar las tiples por estrellas de televisión…
¡Qué desperdicio, esta G inmensa para esta inmensa g…! © Carlos Figueroa y zarzuela.net, 2017
15/V/2017 |