Los sobrinos del capitán Grant

Música de Manuel Fernández Caballero

Libreto de Miguel Ramos Carrión

Versión teatral de Paco Mir


Teatro de la Zarzuela
(Madrid, 19 de diciembre
de 2003)


Ignacio Jassa Haro

Los sobrinos del capitan Grant
Los sobrinos del capitán Grant


Éxito de una brillante adaptación

¿Es comparable la tarea adaptadora de Paco Mir para ofrecernos esta versión teatral de Los sobrinos del capitán Grant a la que desarrollara hace más de ciento veinte años el libretista Miguel Ramos Carrión al escribir su zarzuela tomando como referente la novela casi homónima de Jules Verne? Puedo afirmar rotundamente que sí por varias razones: porque Mir y Ramos Carrión muestran un gran respeto al texto del que parten, por el extraordinario sentido del espectáculo que ambos tienen y por su gran conocimiento del público de su época; como consecuencia los resultados estéticos de sus trabajos se parecen.

El texto de Verne es admirablemente adaptado a la escena española por un Ramos Carrión que no duda en hispanizar parcialmente la obra – para conectar mejor con el público – sin alterar el espíritu de la novela, que es ante nada una apasionante historia de aventuras. Renuncia totalmente al aparato erudito de índole geográfica, consustancial con la narrativa de Jules Verne e inabordable en el género dramático, y parcialmente al contenido romántico, en parte caricaturizado. La trepidante sucesión de peripecias que el escritor de Amiens desarrolla a través de casi mil páginas es brillantemente compactada a través de una obligada selección de hechos que permite hacer un espectacular recorrido cómico-lírico-geográfico.

En este sentido las exigencias escenográficas de un proyecto teatral como éste emprendido por los bufos madrileños tienen en esta obra una fuente inagotable de situaciones de lucimiento. La fidelidad al original literario queda también patente en el peso que se otorga al erotismo en esta zarzuela, totalmente ausente de la novela pero esencial sin embargo en la mayoría de las obras del fenómeno bufo; la necesidad de llegar a una solución de compromiso entre la "casta" obra de partida y las "pícaras" demandas del público lleva a que las referencias eróticas figuren en la zarzuela pero queden prácticamente restringidas a la habanera de la mujer chilena [texto] y quizás al dúo-duelo de tiples [texto]. Por otro lado el sentido del humor verniano (muy afín, por cierto, al español) está magníficamente mantenido y convenientemente aumentado por Ramos Carrión.

Mir se ciñe con casi total fidelidad a la estructura dramática de Ramos Carrión pero prescinde de algún cuadro o escena de escaso valor teatral aun a costa de sacrificar algún pasaje musical a día de hoy desconocido o incluso a comprometer el sentido narrativo (por ejemplo no presenciar la catástrofe del tren de las doce puede desorientar al espectador). Su principal tarea estriba en resaltar y potenciar si cabe los valores dramáticos de la obra, que son principal aunque no exclusivamente de naturaleza cómica. Para ello recurre a un aderezo humorístico actualizador, tanto a nivel del texto como de la puesta en escena, con chistes y gags totalmente vinculados a la cultura humorística y visual del telespectador español de hoy en día. Pero no todo pasa por buscar el golpe de humor sino que Mir ha trabajado la obra de manera que la fluidez narrativa sea reina de la escena.

Lo musical como es lógico no sufre adaptación; solamente se añaden unos bellos toques de "jazz" maorí. La encantadora partitura de Manuel Fernández Caballero sirve, con el acostumbrado acierto de este compositor, para dar adecuado ritmo y tono al discurso dramático. Y tal y como el teatro bufo exigía nos ofrece una música fácilmente asimilable con casi absoluto protagonismo de los ritmos bailables. Especialmente interesantes por lo desconocidos son los números sinfónicos que sirven de transición a los cuadros o de fondo sonoro a los momentos de mayor espectacularidad escénica; se trata de inspirados pasajes descriptivos que parecen anticipar la música cinematográfica.

Los aspectos materiales de la puesta en escena de la producción del Teatro de la Zarzuela que estamos comentando (estrenada en la temporada 2001/02 y que ahora se ve en reposición) son a mi entender de menor impacto para el público actual de lo que lo fueron los del lujoso estreno absoluto para el público que acudió al Teatro Príncipe Alfonso allá por 1877. En cualquier caso la espectacularidad de las escenografías actuales siempre se está dando la mano con lo paródico (el ejemplo más elocuente a este respecto es la escena del rapto del doctor Mirabel por el cóndor materializada con muñecos). Además, el peso de la actual puesta en escena radica en el texto y en la labor actoral pasando lo visual, que fue clave en su origen bufo, a ser un agradable complemento, al igual que la música.

La dirección artística alcanza cotas más altas en las etapas española y americana del periplo viajero de los sobrinos; las escenografías más bellas, el vestuario más llamativo y la iluminación más adecuada se hallan en esa primera parte. Los actos australiano y neozelandés son demasiado oscuros; sus escenografías resultan más opresivas y pasan más indiferentes; la gran excepción es el cuadro del drama debajo del mar donde chispeantes burbujas de humor visual tamizan la ejecución del elegante vals. Los figurines más trabajados y logrados son los del sexteto protagonista que componen una estampa muy entonada a pesar de su diversidad.

El trabajo actoral es en coherencia con todo lo antes expuesto muy importante. De los seis coprotagonistas del estreno de diciembre de 2001, cuatro repiten. Son nuevos Anna Argemí y Pepín Tre, lógicamente condicionados/comparados por/con sus predecesores en el papel; así si Argemí calca el modo de actuar de María Rey-Joly, algo favorecido por la filiación escocesa del personaje de Miss Ketty, Tre se esfuerza en alejarse del maravilloso histrionismo de Fernando Conde, que tiene un claro antecendente en el de Narciso Ibáñez Menta de la versión grabada para TVE, construyendo un doctor Mirabel sencillo y afable. Milagros Martín y Xavi Mira dan una entrañable lectura de los sobrinos, conjuntando muy bien entre ellos. Richard Collins-Moore domina su hilarante papel de Sir Clyron. Millán Salcedo, auténtica estrella mediática, consigue hacer por su parte un subteniente Mochila simpatiquísimo e irrepetible; este personaje es el gran logro de Mir (y de Salcedo) aunque el protagonismo que consigue sobre sus cinco compañeros de viaje altera el equilibrio original del reparto de la obra. Es de destacar la mayor contención de Salcedo en esta temporada en relación a la del estreno, donde los tics de Martes y Trece estaban mucho más marcados. El resto de papeles, interpretados por un número inferior de actores o cantantes (teniendo que encargarse algunos de hasta cinco personajes distintos) están mucho menos trabajados; dignos de mención son Francisco Lahoz por el Comandante y Abel García por el General. La orquesta y el coro dieron el merecido fondo musical a la obra sin poderse mencionar ninguna aportación extraordinaria.

La versión teatral de 2003 difiere ligeramente de la de 2001; ciertos aspectos humorísticos son depurados o cambiados sin afectar significativamente al conjunto. Paco Mir hace en su versión y puesta en escena de Los sobrinos del capitán Grant una auténtica obra de teatro con música. ¡Ahí es nada!

© Ignacio Jassa Haro, 2003


Reparto:
Millán Salcedo (Mochila); Milagros Martín (Soledad); Xavi Mira (Escolástico); Pepín Tre (Dr. Mirabel); Richard Collins-Moore (Sir Clyron); Anna Argemí (Miss Ketty); Eliel Carvalho (Jaime); Francisco Lahoz (Comandante); Abel García (General); Carmen Gaviria (Portera); Fran Sariego (Capitán Jhon); Laïka-Fatien (solista jazz–maorí); Ballet, actores y figuración; Coro del Teatro de la Zarzuela; Orquesta de la Comunidad de Madrid; Jon Berrondo (Escenografía); Anna Güell (Figurines); Eduardo Bravo (Iluminación); Rosa María Grau (Coreografía); Paco Mir (director de escena); Miguel Roa (director musical)


in English

portada de zarzuela.net