Gustavo Peña, Enrique R. del Portal, Nicola Beller Carbone, Andeka Gorrotxategui, Elena de la Merced y el Coro del teatro en La Gran Duquesa de Gerolstein (Foto: © Teatro de la Zarzuela, 2015)

Jacques Offenbach · Henri Meilhac · Ludovic Halévy
(traducción de Enrique Mejías)

Offenbach retorna a Madrid:
La gran duquesa de Gerolstein

Teatro de la Zarzuela
(Madrid, 14 y 18 de marzo de 2015)


un texto de La linda tapada


Lo que Madrid está viviendo estos días en su cartelera lírica es un auténtica vuelta a los orígenes. Las operetas de Offenbach, que otrora significaran un estímulo refrescantísimo en la programación de los teatros de zarzuela a través de su acomodo a las fórmulas del género cómico-lírico español (no solo traducidas sino también adaptadas a sus convenciones) habían caído en el más absoluto de los olvidos. Mentar a Jacques Offenbach en Madrid significaba casi exclusivamente hablar de sus Cuentos de Hoffmann, una obra atípica en el catálogo del franco-judeo-alemán e inserta en los circuitos más convencionales de la ópera. Alguna feliz incursión pop en La bella Helena (por José Carlos Plaza en 1995 y por Josep Maria Mestres en 2001) era lo más cercano a ese espíritu primigenio de apropiación patria de Offenbach, para nada excepcional sino plenamente coherente con la forma que Madrid tuvo de recibir los repertorios de opereta austríaco, húngaro, alemán, italiano, angloamericano y, por supuesto, francés.

Anticipándose al gran acontecimiento que ahora acaece en Jovellanos, esta temporada se ha recuperado la Carmen de Bizet en una de sus versiones zarzuelísticas y se nos ha presentado Lady, Be Good!, una comedia musical firmada por George Gershwin, aunque, curiosamente, en este caso no se haya traducido al castellano, algo que desde estas mismas páginas se tachó de incoherente cuando se reseñó su brillantísima puesta en escena. El abordaje del Offenbach va más allá del criterio empleado en el caso de Carmen al apostar por una nueva traducción acorde con la edición crítica de la obra lo que ha obligado a tener en cuenta las traducciones históricas a la par que a incluir números y escenas suprimidos poco después del estreno parisino. La persona que ha resuelto con talento ese complejo rompecabezas es nuestro colaborador Enrique Mejías García, quien como todo traductor que se precie no ha dudado en sacrificar la literalidad de algunos cantables con el fin de mantener el sabor, la musicalidad y el sentido dramático de los mismos, siguiendo los usos sancionados por los mejores adaptadores del género.

Nicola Beller Carbone y Andeka Gorrotxategui en La Gran Duquesa de Gerolstein (Foto: © Teatro de la Zarzuela, 2015)

La puesta en escena que estamos pudiendo disfrutar, de gran espectacularidad visual a pesar de su sencillez, tiene una larga historia aunque no por ello haya perdido un ápice de frescura. Se estrenó en el italiano Festival della Valle d’Itria de Martina Franca en 1996 (dando lugar a una grabación en directo protagonizada por la llorada Lucia Valentini Terrani en el que fue el último de sus roles) y casi diez años más tarde fue llevada a los teatros Verdi de Padua (2004) y Malibran de Venecia (2005) –ambos regidos por la Fondazione Teatro La Fenice– en homenaje a la desaparecida diva. En el ínterin de ambas fechas acaeció un hecho histórico: la publicación de la edición crítica de la pieza a cargo de Jean-Christophe Keck, inserta en el magno proyecto de obra completa offenbachiana, algo que no afectó al montaje de este título en los dos teatros del Véneto donde el empleo de la nueva edición se limitó al uso de los materiales orquestales revisados pero de acuerdo al plan dramático-musical con que se había concebido el espectáculo en el festival de Apulia.

La versión original de La Grande-Duchesse de Gérolstein estrenada en 1867 permaneció poco tiempo sobre los escenarios pues la obra fue sometida rápidamente por su autor a una revisión que la acortaba (la llamada versión París) que es con la que se ha venido interpretando durante largos años en el grueso del planeta. La versión de Julio Monreal para el Teatro de los Bufos de Arderíus en Madrid (vista por vez primera en 1868) parte de la versión de París, por lo que la nueva traducción ha tenido que tener en cuenta las escenas y números musicales que nunca se vieron en España a la par que, en lo que a algunos cantables se refiere, una refundición en dos actos realizada por Emilio Álvarez para el Teatro de Apolo (estrenada en 1890).

Manuel de Diego, César San Martín y Gustavo Peña en La Gran Duquesa de Gerolstein (Foto: © Teatro de la Zarzuela, 2015)

Por todo lo anteriormente comentado podríamos sospechar que lo que el público madrileño está viendo sobre el escenario de la calle de Jovellanos estos días dista bastante de lo que presenció su homólogo italiano en Martina Franca, Padua y Venecia, pudiéndose casi hablar de una nueva producción. Incluso el responsable último del montaje ha cambiado: ya no es, por motivos de salud, el maestro Pier Luigi Pizzi sino su colaborador Massimo Gasparon, quien ha estado al frente como regista durante los ensayos, sumando a la teórica “realización de la dirección de escena” que reza en el programa de mano un verdadero trabajo creativo. Un muestra del grado en que se ha revisado el montaje nos la da el hecho de que se haya contado con una nueva coreografía, exquisitamente discreta, a cargo de Marco Berriel. Ha resultado demás un imperativo dar forma a las escenas y números que la edición crítica ha permitido recuperar.

Lo pergeñado por Pizzi-Gasparon tuvo y ha tenido en todo momento un norte común: alcanzar la elocuencia a través de la simplicidad. Este principio toma carnación en cualquier tipo de elemento plástico o dramatúrgico puesto en juego, desde el básico diseño de luces, la sencilla escenografía o el esquemático vestuario, hasta el limpio movimiento escénico, la aludida coreografía llena de elegancia o el naif trabajo actoral. En este último aspecto es necesario, en cualquier caso, comentar que Gasparon parece haber dado plena libertad a los experimentados miembros del reparto para hacer suyos los personajes, marcándoles mucho más los aspectos coreográficos de su trabajo que los declamatorios y gestuales. En el punto donde verdaderamente se ha echado en falta un giro es en el abordaje dramatúrgico: y es que los cambios que la edición crítica aportan a la obra tienen una notable trascendencia ya que provocan que lo que en la versión de París quedaba recucido casi exclusivamente a una sátira política con una historia romántica de fondo pase a ser mucho más equilibrado al ganar desarrollo la trama erótico-macabra (algo que, al menos en España, podría además, ser entendido en términos políticos, dada la identificación del rol protagonista con la reina Isabel II recién destronada).

Gustavo Peña y Francisco Crespo en La Gran Duquesa de Gerolstein (Foto: © Teatro de la Zarzuela, 2015)Los dos conjuntos de solistas agrupados en cada reparto comparten un nivel muy homogéneo y de notable altura. Especialmente parejos en lo canoro son los Frick de José Luis Sola y de Andeka Gorrotxategi; quizá el primero muestra una línea de canto más depurada aunque seguramente eso se deba a que el segundo la evita para ganar en vis cómica, lo que redunda en que su encarnación del personaje tenga más fuerza. Por decisión de la dirección de escena el supuesto galán se convierte casi en el personaje más bufo de todo el reparto, quitándole cualquier sombra de erotismo y anulándose la necesaria química sexual que debería a nuestro juicio existir entre Fritz y La Gran Duquesa. Los dos generales Bum han resultado, en cambio, faltos del carisma que la tradición interpretativa (al menos la hispana, pues el mismísimo Arderíus, empresario y promotor de los Bufos, encarnó el papel) demandaba. Gerardo Bullón y César San Martín muestran destellos bufos que una dirección de escena atenta a potenciarlos habría trocado en perlas. En cuanto a las dos protagonistas, sus propias personalidades artísticas y humanas han traslucido con nitidez en el montaje. Nicola Beller Carbone es la diva, una dama llena de regia majestad que pisa con fuerza la escena y canta con un pizca de artificio para enseñarnos una careta que no está dispuesta a quitarse nunca. Susana Cordón, en cambio, es todo espontaneidad y bravura: no duda en mostrar la deliciosa y juguetona criatura que lleva dentro, absolutamente ajena al que dirán o al boato cortesano. Su esplendorosa exhibición vocal es más propia de una aldeana que de una reina. Por lo que atañe a las dos Wandas, Elena Sancho Pereg y Elena de la Merced, comentar que dieron mucho realce vocal a un rol que a pesar de carecer de relieve teatral se dibuja muy bien musicalmente.

Uno de los roles más exigentes de la obra, el del Príncipe Pol, ha contado con un único y heroico hacedor, el tenor Gustavo Peña, que ha logrado con enorme talento que los tics histriónicos y las payasadas que se le exigía desplegar recurrentemente a lo largo de cada función resultaran mesurados y no produjeran hastío en el espectador; vaya por él nuestro entusiasta aplauso. Enrique R. del Portal en el rol del Capitán Nepomuceno y Francisco Crespo como Barón Grog dieron precisa caracterización y adecuado relieve a unos papeles menos secundarios de lo que a priori parece; tan solo Manuel de Diego como Conde Puck sufrió, a pesar de su gran implicación, las consecuencias de un rol bufo que desde la dirección de escena no se supo o quiso hacer contrastar con el de los otros dos conspiradores.

La dirección musical a cargo del maestro Cristóbal Soler resultó briosa y llena de empaque durante la función en que escuchamos al segundo reparto. Sin embargo, la apreciamos mucho más dubitativa (especialmente al comienzo de la velada) la noche que actuaba el primer conjunto de solistas, no logrando igualar el brillante resultado de la otra función hasta llegar al climático segundo acto. El empaste de la ORCAM resultó también muy distinto en una y otra función en perjuicio de la del primer reparto. En cuanto al Coro Titular del Teatro debe destacarse la vivacidad mostrada en sus muy lucidas intervenciones. El cuerpo de baile resultó muy ovacionado por su virtuosismo en el intermedio a ritmo de galope que separa los dos cuadros del último acto; su presencia casi constante en escena junto a un disciplinado y nutrido grupo de figurantes dotó de armonía a todas las escenas de gran aparato, contribuyendo a que el espectáculo produjera un enorme disfrute visual. De este modo y más allá de los peros que hayamos podido poner a la dramaturgia la cuidadísima puesta en escena y la excelente interpretación unidas a la extraordinaria belleza de este título universal nos ha hecho vivir una de nuestras más emocionantes experiencias músico-teatrales. ¡Larga vida a la opereta en la Zarzuela!

© La linda tapada, zarzuela.net 2015


Reparto: La Gran Duquesa - Nicola Beller Carbone (18) / Susana Cordón (14), Fritz Andeka -Gorrotxategi (18) / José Luis Sola (14), Wanda - Elena de la Merced / Elena Sancho (14 y 18), El Conde Puck - Manuel de Diego, El General Bum - César San Martín (18) / Gerardo Bullón (14), El Príncipe Pol - Gustavo Peña, El Barón Grog - Francisco Crespo, El Capitán Nepomuceno - Enrique R. Del Portal, Iza - Leonor Bonilla, Olga -Nuria García Arrés, Amelia - Ana Cadaval, Carlota -Hanna Moroz, Notario Juan -Ignacio Artiles; Cuerpo de Baile; Figurantes; Orquesta de la Comunidad de Madrid; Coro del Teatro de la Zarzuela (Antonio Fauró); Massimo Gasparon (Realización de la dirección de escena, supervisión de escenografía, vestuario e iluminación); Marco Berriel (Coreografía); Crístóbal Soler (dirección musical); Pier Luigi Pizzi (dirección de escena, escenografía, vestuario e iluminación).

Edición crítica de la partitura a cargo de Jean-Christophe Keck y traducción del libreto a cargo de Enrique Mejías García (Bossey & Hawkes/Bote & Bock).

Producción del Festival della Valle d'Itria, Martina Franca (1996)

La Gran Duquesa de Gerolstein (Teatro de la Zarzuela, 2015)

Vimeo - vídeo promocional del montaje
Flickr - galería exposición "La vida madrileña de las operetas de Offenbach"
Programa exposición "La vida madrileña de las operetas de Offenbach"
portada de zarzuela.net

27/III/2015
rev. 28/III/2015