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Editorial
![]() El Teatro de la Zarzuela vende su última producción como una recuperación de Iphigenia en Tracia de José de Nebra, hito fundamental de la zarzuela dieciochesca. No lo es, en absoluto. Christopher Webber discute una desazonadora moda teatral... Desde esta página saludamos como una buena noticia el anunciado reestreno en tiempos modernos de la zarzuela Iphigenia en Tracia de José de Nebra, tanto tiempo olvidada. Pensábamos que sería una oportunidad de disfrutar de esta gran obra en su medio natural, el escenario, después de que el sello Glossa publicase un excelente CD con sus secciones musicales, dirigidas por Emilio Moreno. Sin embargo, el crítico y musicólogo Pablo L. Rodríguez deja claro en El País de 16 de noviembre de 2016 que la ocasión ha sido malgastada de forma estúpida. “Nebra resucita enano” es el elocuente título de su reseña, donde se nos describe una deprimente astracanada.
El director de este fiasco es Pablo Viar, pero la responsabilidad última recae en los gerentes del Teatro de la Zarzuela que han alentado o, al menos, permitido semejante esperpento. Se demuestra con ello una falta de arrestos para imponer sensatez; o bien, escasa predisposición para salvaguardar el futuro del género. Para ser justo, permítanme intentar un ejercicio de empatía y ponerme en su lugar. Estas son, probablemente, sus excusas para transformar una gloria del teatro lírico hispano en un concierto travestido, de usar y tirar. “Los diálogos hablados resultan anticuados” La tarea del director es poner la obra en pie, tomar sus riendas para asegurarse de que el diálogo original se interprete de un modo que resulte comunicativo para el público actual; o bien, realizar una revisión escénica inteligente que actualice el texto sin traicionar las coordenadas estéticas y estilísticas del original. Tal respeto no impide que una determinada producción pueda resolverse con propuestas absolutamente imaginativas y divergentes. En cualquier caso, desmontar por completo la teatralidad de la obra sólo demuestra falta de confianza en el género, poco escrúpulo y una pereza intelectual desoladora. “Vivimos en una era de la imagen” La zarzuela, como la ópera, no es mero espectáculo sino, ante todo, arte dramático, y el público no quedará nunca prendado por completo si, por condescendencia o temor, se le priva de todo aquello que (quizá) pueda resultarle complejo o desafiante. Esta actitud evidencia falta de coraje, al asumir implícitamente la irrelevancia de la zarzuela en el mundo actual, y supone, además, una cínica trivialización del propio hecho teatral. “No tenemos recursos para montar la zarzuela completa” Irónicamente, el director asistente de Vick en Curro Vargas fue el propio Pablo Viar, quien, pese a todo, no parece haber asimilado aquella lección. “Bueno, al fin y al cabo no es más que una zarzuela” (sotto voce).
Desde mi antigua experiencia profesional como director operístico, puedo afirmar que este oficio sigue exigiendo las mismas habilidades que le han sido siempre indispensables: mano izquierda, imaginación, ideas claras y, sobre todo, un vínculo de empatía con el material de base. Hoy en día la ópera no puede basarse en esas soluciones vistosas, caras y facilonas que ya ni siquiera logran asombrar a los boquiabiertos espectadores habituados al cine en 3D y a esplendorosos musicales de Broadway. No funcionan, es teatro muerto. Insistimos: gástese lo poco que se tenga en los intérpretes, no en decorados y trajes exuberantes. Los trucos de alta tecnología no pueden ya justificarse en estos tiempos de austeridad. Se han quedado desfasados, convertidos en comodines que suplen a una auténtica creatividad comprometida con la obra, con la actuación y sus intérpretes. La manía de diluir el nervio dramático del teatro lírico no operístico no afecta sólo a la escena española, y se muestra en múltiples variantes. Aquí en Londres, la Royal Academy of Music anunció hace poco por todo lo alto la representación del Orfeo en los infiernos de Offenbach en su versión original francesa, pero con nuevos diálogos en inglés. El resultado de esta manipulación tonta y esnob reducirá una inteligente sátira a un popurrí bilingüe, antiteatral e incomprensible. Se insulta al compositor, a los intérpretes y al público disolviendo de semejante modo el potencial dramático y satírico de una obra. Concluye Pablo L. Rodríguez que “el Teatro de la Zarzuela ha perdido aquí una magnífica oportunidad para revelar o reinventar la característica alternancia entre declamación y canto que define este género”. Así es. A decir verdad, Pablo Viar es aún bastante bisoño y puede que este desaguisado no obedezca del todo a su propia iniciativa. La responsabilidad es más amplia: toca a la gerencia de este teatro dedicarse a su cometido, que no es otro que promover producciones íntegras de zarzuelas completas. © Christopher Webber (tr. M. Lerena) 2016
21/XI/2016 |